lunes, 16 de agosto de 2010

Tongo nacional
Hermann Bellinghausen
Atrapados en un gran guiñol donde los acontecimientos públicos y buena parte de las noticias huelen a engaño, a otra cosa, crece en la población un descreimiento hondo. Lo que no es brutal es falso. Y todo, trampeado. Expuestas a un ambiente así por tiempo prolongado, las convicciones se desmoronan. Los compromisos políticos, sociales, morales, pierden sentido. Y la dupla bicentenario-centenario, que debía oler a incienso y fiesta, huele a carroña.
El match conmemorativo de las selecciones mexicana y española, flamante campeona del mundo, dejó un sabor a burla, tongo, arreglo, que rara vez sentimos tanto, al menos en futbol. ¿Cuánto costó, en dinero y presiones diplomáticas, el pobre partidazo donde lo que menos importó fue el juego? Guión elemental: gol tempranero de los del cumpleaños. Tomas al presidente semi escondido en su palco, del estadio lleno. En el partido no pasa gran cosa, lo mexicanos tratan, contra unos españoles decididos a jugar poco y no dejar jugar al contrario, y cuando casi sin remedio llegan al marco nacional, los campeones fallan inexplicablemente, como cuando un adulto cascarea con niños en el parque.
Iban a jugar sólo suplentes de la escuadra campeona. Al final (¿subió la barra?), alinearon las estrellas. La verdad ni se notó. Ya para concluir, el conveniente empate, que pudo ocurrir en cualquier otro momento. La ceremonia de la copa para la ocasión, bendecida en la Basílica y toda la cosa, fue un trámite para los visitantes, que posaron con desgano profesional. Ni modo que ganaran los descendientes de los conquistadores expulsados en la Independencia. Ni modo que perdiera el campeón mundial en su primer partido tras la coronación. Los comentaristas, sin partido que narrar, parlotearon sobre contratos, plazos y sueldos de los jugadores, su peso en oro; a eso se resume ahora el deporte comercial: un vasto negocio de corporaciones y gobiernos, como todo.
El resto del escenario luce igual, neblinoso. Del secuestro del jefe Diego al paseo inútil de los huesos de los padres de la Patria y la manita de gato que dicen les dieron. La auto exoneración en abierto tono de farsa del gobernador oaxaqueño Ruiz Ortiz compite con el sospechosísimo quebrante de Mexicana. La guerra de la seguridad calderonista no deja nada en claro, como no sean charcos de sangre, y menos los abusos de las Fuerzas Armadas y policías federales. Se investiga el incendio de la guardería ABC, se impone un comisionado de comunicaciones en favor de las televisoras, el ministro Molinar se arruga ante medios y Congreso, para salir enseguida planchadito y almidonado.
El presidente del empleo, del haiga sido como haiga sido, hace gala continua de mal gusto y hueros entusiasmos, en lo que su inexplicablemente lozano secretario de Trabajo ladra al sindicato que se mueva, y muerde en cuanto puede. El atildado titular de Educación, cómplice directo de la corrupción magisterial y educativa representada por su socia la maestra Gordillo, se apresta a echar la casa por la ventana y dejarnos apantallados con la fiesta de bicentenario menos prendida que cabía esperar.
Es normal. La retórica ultraderechista del gobierno nacional no conecta con nuestra Historia, con las figuras que representan la lucha del pueblo (ya no digamos el pueblo mismo): Hidalgo, Morelos, Guerrero, Juárez, Zaragoza, Zapata, Villa, Flores Magón. Se siente más a gusto con las figuras de restauración, tiranía y antidemocracia: Iturbide, Maximiliano, Díaz. Aunque no sean ellos los que celebran los centenarios de 2010, se las arreglaron para meterlos al programa, igual que a los Cristeros, que ni debían pintar. Total, nadie cree.
A los mexicanos siempre nos han gustado nuestra historia y su buena literatura. Sus libros han sido para los editores materia segura. Los textos buenos, los de divulgación y los malos, las grandes novelas (La sombra del caudillo, Noticias del Imperio). Pero en nombre de una nueva objetividad, los historiadores y comentaristas a sueldo de las celebraciones abonan la desconfianza y apuestan a la ignorancia creciente del público, al olvido de la historia profunda de México, que no es otra que la de sus luchas populares y resistencias contra gobiernos como el actual: ilegítimos, ladrones, traidores, conservadores, que invocaban para todo al Dios de Roma o pactaron con él en el virreinato, la contrarreforma, el porfiriato, el salinismo.
Partidos como franquicias y comicios en compraventa. La industria de comida chatarra impone condiciones al sistema educativo nacional. O bien, la increíble hazaña del cuasi santo de Cotija, Marcial Maciel, mexicano universal y celestial, adorado por la oligarquía criolla y hoy motivo de vómito mundial. O la existencia y poderío de personajes impresentables como son todos los capos del narco, su popularidad: los jóvenes han de optar entre ser sus víctimas o servirles como victimarios. Cuando lo que no es tragedia es farsa, ¿qué vamos celebrar?

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